Por Rafael Arlegui, Jefe de Producto HYPRED IBÉRICA.

“Para que haya desinfección, primero tiene que haber limpieza…¿una evidencia?»

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Esta afirmación que a primera vista puede parecer una obviedad, repetida hasta la saciedad incluso en los anuncios televisivos, con frecuencia no lo es tanto ni se tiene tan presente a la hora de llevar a cabo adecuadamente los vacíos sanitarios en las explotaciones.

Todo el mundo tiene en mente la necesidad de retirar la materia orgánica grosera antes de iniciar las tareas de lavado y desinfección. Lo que ya no es tan frecuente es el considerar como imprescindible el empleo de detergentes para llevar a cabo dicho lavado como parte inexcusable del proceso de limpieza previo a la desinfección.

Llegado el momento de la desinfección, aparte de los principales factores que influyen en ella, como son la sensibilidad de los microorganismos y el espectro de acción del desinfectante, la concentración del mismo y el tiempo de contacto, no hay que olvidar otro muy influyente que es la presencia de materia orgánica.

No es infrecuente el encontrar casos en los que, tras limpiar la nave por medios mecánicos, se encomienda al agua a presión (la mayoría de las veces fría) la tarea de eliminar la capa de suciedad y materia orgánica adherida a las superficies, ya sean los comederos, bebederos o las propias paredes, bajo el razonamiento de que “con la potencia de la máquina a presión sale todo”. Nada más lejos de lo cierto.

El usar agua a presión sola para “arrancar” dicha suciedad, no solo nos hace emplear más tiempo, trabajo, agua y energía para terminar consiguiendo un peor resultado, sino que, además, no hace más que generar un aerosol en el que millones de microgotas conteniendo todo tipo de flora contaminante (Campylobacter, Salmonella, etc.) son esparcidas por todos aquellos rincones de la nave a los que aún no habían tenido oportunidad de acceder (ventiladores, vigas, techos,…) quedando ahí a la espera del próximo lote de animales para llevar a cabo la reinfección.

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Hay que considerar que, llegado un punto, por mucha presión que se aplique al agua, ésta ya solo resbala por la superficie y no es capaz de arrancar la fina película que queda adherida a las superficies, película que requiere de un ataque químico (el agua constituye un ataque solo físico) para poder ser eliminada.

Igualmente, hay que tener muy presente que la permanencia de esta película es un factor altamente predisponente para el desarrollo de biofilm por parte de las bacterias que en ella habitan; lo que incrementará enormemente su resistencia a la acción de los desinfectantes, aunque aumentemos las dosis de estos. Ni que decir tiene que esto constituye un punto crítico a la hora de prevenir la contaminación del siguiente lote de animales que ocupe la nave.

El empleo de detergentes alcalinos (pH > 8), a ser posible en espuma, se convierte en un factor clave para corregir este punto crítico, facilitar la tarea (ahorrando notablemente trabajo, tiempo, agua y energía) y, sobre todo, ganar eficacia en la posterior desinfección que ha de ser siempre el principal objetivo.

El que los detergentes a emplear sean alcalinos no es un capricho ni obedece a ninguna moda o tendencia; se debe a que, precisamente por ser alcalinos, son los más indicados para retirar y arrastrarla materia orgánica adherida a las superficies (los detergentes neutros no tienen suficiente poder de arrastre y los ácidos están más indicados para combatir las incrustaciones de cal y el óxido). Conviene recordar que la suciedad presente en una granja es en su práctica totalidad materia orgánica que lleva un tiempo ahí, a saber, plumas, restos de cama, heces, sangre, etc.

La idoneidad de su aplicación en espuma viene dada porque de esta forma se potencia mucho la adherencia del detergente a las superficies, favoreciendo la humectación de las mismas y la penetración en la materia orgánica, consiguiendo su emulsión tras un corto tiempo de contacto (alrededor de un cuarto de hora).

Esto nos va a provocar dos efectos beneficiosos.

El primero es que se va a reducir la cantidad de agua necesaria para retirar esa materia orgánica (agua que después hay que evacuar de la nave), por no hablar del ahorro de tiempo y energía. El segundo es que, al necesitar mucha menos presión de agua para aclararlo y tener mayor consistencia gracias a la espuma, también se va a generar mucho menos aerosol y la diseminación de potenciales patógenos se reduce drásticamente.

Entre las características deseables de dichos detergentes, se pueden citar que sean eficaces con agua fría (la mayoría de las explotaciones no disponen de agua caliente para lavar), que contengan en su formulación quelantes y secuestrantes para verse lo menos afectados posible por la dureza del agua y que contengan la proporción suficiente en cantidad y calidad de tensioactivos para adquirir el “poder mojante” adecuado y ser capaces de alcanzar los rincones y poros, a los que el agua sola no puede llegar por su mayor tensión superficial, y remover  la materia orgánica que pudiera quedar acantonada en ellos.

La formulación de dichos detergentes es un punto importante que condiciona la calidad de la espuma generada, su persistencia, capacidad de arrastre, etc. No es solo cuestión de añadirles una enorme cantidad de sosa para hacerlos muy alcalinos; pues con ello solo se aumenta en gran medida el poder corrosivo de los mismos, pero no en igual grado su eficacia.

No obstante, y retomando el principal objetivo de todo el proceso, el gran beneficio obtenido del empleo de los detergentes alcalinos en espuma es, sin duda alguna, el mayor nivel de desinfección que se va a poder alcanzar.

Cuanto mayor sea el grado de limpieza previa conseguido, mayor será el posterior nivel de desinfección alcanzado.

Así pues, a la hora de abordar la desinfección, cuanto más limpia se encuentre la superficie a desinfectar, mejor será el resultado obtenido. Vaya por delante que ningún desinfectante trabaja bien en presencia de materia orgánica.

Es cierto que, a nivel de moléculas, algunas se comportan mejor que otras en presencia de restos de dicha materia orgánica (el glutaraldehído se ve menos perjudicado que el formaldehído por ejemplo). También ayudan las nuevas formulaciones y la incorporación de aditivos más elaborados y modernos en los desinfectantes (los amonios cuaternarios de quinta generación son mucho más activos y estables en presencia de materia orgánica y aguas duras que los de primera generación como el cloruro de benzalconio); pero a ninguno de ellos le es inocua ni le beneficia su presencia.

Otra razón a favor de una buena limpieza previa con detergentes, además de la mayor eficacia obtenida, es la menor dosis de desinfectante que será posible emplear; lo cual no solo redunda en un beneficio económico, sino que además aporta una mayor seguridad para el aplicador.

Cabe señalar, llegados a este punto, que si este tipo de productos (desinfectantes, insecticidas, raticidas, etc.) se denominan biocidas es porque tienen capacidad de destruir organismos nocivos (no son inocuos), por lo que su empleo ha de hacerse siempre tomando las convenientes precauciones y ajustando las cantidades utilizadas a la menor dosis efectiva posible.

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Ejemplo de «Poder Mojante» de diferentes sustancias. Los detergentes permiten arrastrar la materia desde el fondo de los poros y de las fisuras.

La misma razón relativa a la dosificación de los desinfectantes es aplicable al secado de los detergentes tras su aclarado. Aplicar el desinfectante sobre una superficie mojada no hace más que añadir un factor de dilución, que ha de ser contrarrestado con el empleo de una mayor dosis de desinfectante con objeto de mantener la misma concentración de uso sobre la superficie.

Al igual que también ocurre en el caso de los detergentes, el empleo del desinfectante en espuma potencia su eficacia. Favorece la humectación de la superficie, retrasa la evaporación de los principios activos y aumenta por consiguiente el tiempo de contacto.

Al contrario que con los detergentes, en este caso, se puede perfectamente dejar sin aclarar el desinfectante y que seque por sí mismo, pues con ello se aumentará el tiempo de contacto con la superficie a desinfectar; además de prolongar el tiempo de vacío sanitario, que es otro de los factores que más seguridad aportan entre un lote y otro de animales y que no siempre dura tanto como debiera.

A modo de resumen, y citando textualmente, se puede decir que:”… si se cumple un protocolo de limpieza y desinfección adecuado, y se adoptan las medidas de bioseguridad..., se puede disminuir la prevalencia de Salmonella en las explotaciones avícolas de forma progresiva hasta llegar a su erradicación.” (Marín et al., 2011). 



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